La vida Divina

(fragmento)

aurobindo

La primitiva preocupación del hombre en sus despiertos pensamientos y, como parece, su inevitable y última inquietud, —pues ella sobrevive a los más prolongados periodos de escepticismo y retorna tras cada proscripción—, es asimismo la suprema preocupación que su pensamiento puede considerar. Se manifiesta en la adivinación de Dios, en el impulso hacia la perfección, en la búsqueda de la pura Verdad y clara Bienaventuranza, en el sentido de una secreta inmortalidad. Los antiguos albores del conocimiento humano nos legaron su testimonio de esta constante aspiración; hoy en día vemos una humanidad, -complacida más no satisfecha con el victorioso análisis de las exterioridades de la Naturaleza-, preparándose para retornar a sus primeros anhelos. La primitiva fórmula de la Sabiduría promete ser sus últimos: Dios, Luz, Libertad, Inmortalidad.

Estos persistentes ideales de la especie son, a la vez, la contradicción de su normal experiencia y la afirmación de superiores y más profundas experiencias que resultan anormales para la humanidad y sólo han de lograrse, en su integridad organizada, mediante un revolucionario esfuerzo individual o un evolutivo progreso general. Conocer, poseer y constituir el divino ser en una conciencia animal y egoísta , convertir nuestra sombría u oscura mentalidad física en la plena iluminación supramental, construir paz y dicha auto-existente, allí donde sólo hay tensión por conseguir transitorias satisfacciones ante el asedio del dolor físico y el sufrimiento emocional, establecer una libertad infinita en un mundo que se presenta como un grupo de necesidades mecánicas, descubrir y comprender la vida inmortal en un cuerpo sujeto a la muerte y a constante mutación; todo esto se nos ofrece corno la manifestación de Dios en la Materia y la meta de la Naturaleza en su evolución terrestre. Para el común intelecto material, que cree que su presente organización de la conciencia es el límite de sus posibilidades, la directa contradicción de los irrealizados ideales con el hecho realizado es un argumento final contra su validez. Pero si tomamos una visión más reflexionada del obrar-del-mundo, esa directa contradicción parece más bien una parte del profundísimo método de la Naturaleza y el sello de su completísima aprobación.
 

Pues todos los problemas de la existencia son en esencia problemas de armonía. Surgen de la percepción de una discordia no-resuelta y de la intuición de un no-descubierto acuerdo o unidad. Reposar contento con una discordia no resuelta, es posible para la parte práctica y más animal del hombre, pero imposible para su mente plenamente despierta, y generalmente incluso sus partes prácticas sólo eluden la necesidad general de armonizar contrarios eludiendo el problema o aceptando un compromiso tosco, utilitario y no-iluminado. Pues esencialmente, toda la Naturaleza busca una armonía, vida y materia en su propia esfera, al igual que la mente en la organización de sus percepciones. Cuanto mayor es el desorden aparente de los materiales ofrecidos o la aparente diferencia esencial, -hasta de irreconciliable oposición-, de los elementos que han de ser utilizados, más fuerte es el estímulo, y éste lleva a un orden más sutil y pujante que el que puede ser normalmente el resultado de un esfuerzo menos difícil. El acuerdo o combinación de la Vida activa con el material con que se forja la forma, -en el cual el estado de actividad por si misma parece ser la inercia-, es un problema de opuestos que la Naturaleza ha resuelto y busca siempre resolver mejor con mayores complejidades; pues su solución perfecta sería la inmortalidad material del cuerpo animal plenamente organizado que sirve de sostén a la mente. El acuerdo o combinación de la mente consciente y de la voluntad consciente con una forma y una vida en sí mismas no abiertamente conscientes de sí mismas y capaces, cuando más, de una voluntad mecánica o subconsciente, es otro problema de opuestos en el que la Naturaleza ha producido asombrosos resultados y apunta siempre hacia maravillas superiores; y su postrer milagro sería una conciencia animal que ya no marche en busca de la Verdad y la Luz sino que las posea, con la omnipotencia que resultará de la posesión de un conocimiento directo y perfeccionado. Entonces, no sólo es racional en sí mismo el impulso ascendente del hombre hacia la conformidad de opuestos aún más elevados, sino que es también la única finalización lógica de una regla y de un esfuerzo que parecen ser el método fundamental de la Naturaleza y el sentido mismo de sus esfuerzos universales.

SRI AUROBINDO

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