LA RUEDA DE LA VIDA

Hace mucho tiempo, había un hombre que desde muy pequeño trabajó; para poder subsistir. Constantemente la vida lo situaba entre la espada y la pared, hasta que se acostumbro a esta situación; se volvió algo común, hasta el último día de su vida lo pasó trabajando. Nunca pensó en divertirse o encontrar una vida mejor, ya que su única preocupación era su familia y la obsesión de brindarle lo que nunca obtuvo en la vida; un poco de felicidad. Se despertaba muy temprano y compraba el pan para sus hijos; se preocupaba por las cosas que tenía que pagar. Se hizo viejo, se jubilo, y lo que le daban por pensión era tan poco que le alcanzaba con las justas; así que volvió a su antiguo oficio; el de sastre. Cada vez se hacía más viejito y sus hijos se iban, para hacer sus vidas. Cierto día oyó que a lo lejos lo llamaba su mamá, se quedo dormido, cayó pesadamente y el hilo que llevaba en las manos se deslizo por el suelo. Él se apartó de la vida para ir al lado de su madre. En su funeral llegaron todo tipo de gentes, que lo reconocían como una excelente persona, padre ejemplar, marido juicioso, amable y comprensivo. Pero lo que nadie sabía es que guardaba una profunda tristeza en su corazón, la vida se le hizo corta, aprendió a estar pendiente de su pobreza, y nunca salió de ella. De qué sirve que el mundo te reconozca como “buena persona”, si por dentro te sientes miserable. El verdadero avance que obtienes en la vida; es la satisfacción de ser, quien verdaderamente eres. De nada sirve sumergirse bajo la máscara de la sobriedad, cuando se tiene el corazón ebrio de amargura. Acaso creen que su familia era feliz, al ver un hombre continuamente preocupado de sus desgracias; era doblemente doloroso ver al padre sumergido en la desesperanza, y a una esposa siendo cómplices del derrotismo. Lo que los padres son, lo trasmiten a los hijos; y estos a sus hijos formando una cadena que los ata constantemente al sufrimiento y a la desgracia. Él no era feliz, y esa infelicidad la compartió con los que más quería. Me cuesta ver como las gentes están acostumbradas al sufrimiento, y no se quieren apartar de ella, aunque sé que no debo de intervenir hasta que me lo soliciten, me es difícil abstenerme, porque las vibraciones que emiten todas las personas son como un perfume que quieras o no influye de alguna manera en todos. Muchas veces me gustaría poder hablarles de las cosas maravillosas que tiene la vida, de la madre tierra que continuamente nos cobija, o del sol que te llena de energía y hace que vibres al compás del universo; pero comprendo que muy pocas personas lo comprenden. La gente cuando camina por las calles mira pero no ve. Muchas veces les hablo pero no escuchan, muchas veces mi corazón se acongoja y me acerco a consolarlos pero no quieren, quieren seguir sufriendo, y así será toda su vida, hasta que no tomen consciencia, que la vida no solo es sufrimiento. Para todas esas personas que ven su vida reflejada en este relato, los invito a cambiar, a sentarse a meditar sobre sus vidas y ver si realmente están logrando el objetivo principal, lograr ser uno mismo. Este “lograr ser uno mismo”, lo digo en varios sentidos; medite lo que quiere decir para usted, le aseguro que encontrará algo insospechado. La fuerza de ser uno mismo, radica esencialmente en darse cuenta, que lo que no es, es decir en dejar de mirarse en el espejo del ego, para poder apreciar la luz interior que irradia divinidad y que supera grandemente cualquier apreciación mental. Aprendamos a ver la vida de otra manera y en cada persona que veamos dejemos el aroma de la vida no de la muerte. Desde lo profundo de mi ser, les deseo que encuentren el amor en sus vidas y si alguna vez nos vemos frente a frente, poder intercambiar la risa que emana de un corazón sincero. Namaste.

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